Dos caras de una moneda

Se internó en el bosque tan rápidamente como sus piernas le permitieron, dejando  en el aire tras de sí una estela de agua salada…

Ya estaba agotada, pero el miedo de que pudiera alcanzarla le renovaba la energía.

-SAEEEELAAA- Se escuchó a lo lejos en mitad de aquel silencioso y pacífico lugar.

Más ella no se detuvo, tenía que huir de allí como fuera, de todas maneras ella nunca había encajado en ningún lugar.

Desde pequeña había sido una niña rara, extraña, y una y otra vez había pasado de casa en casa de acogida, pero ahora con ni siquiera aún los 17 años, pretendían casarla con un hombre…

Un hombre que haría de ella su esclava, una sierva sexual de sus instintos feroces, un animal de criar y montar…

Ella no había nacido para eso, prefería el dolor de su piel desgarrándose bajo los látigos de su “padre”, que aquella vida infernal, pero sabía que por muchos latigazos que recibiera, el final de su historia no cambiaría, a no ser que huyera…

Y allí estaba ella, corriendo por aquel bosque tan frondoso, arañándose el cuerpo con las ramas secas de los árboles y arbustos que se interponían en su camino.

En un momento, cuando estuvo ya lo suficientemente lejos, dejó de correr, y comenzó a caminar.

Bajó la mirada a sus pies, y decidió tomar como asiento una de las raíces más frondosas de un enorme árbol, manchando así de un poco de tierra su vestido virginal.

Comenzó a desatarse los zapatos, odiaba esa prenda, oprimía sus andares, y el sentido de libertad quedaba muy reducido si no notaba el dulce tacto de la tierra húmeda bajo sus pies.

Una vez terminó, apoyó ambos pies en la tierra, arrugando todos sus pequeños dedos para sentir tan magnífico tacto.

Miró a su alrededor, se sentía tan bien…que se olvidó de todo.

El sonido de los pájaros y el sol otoñal acariciando sus rosadas mejillas, hacía que combinara en perfecta armonía con sus cabellos dorados…

En ése momento supo cuál era y había sido siempre su hogar, se arrepintió entonces de no haberlo hecho antes…

Ella era parte de ese ecosistema, necesitaba de él, al respirar no respiraba oxigeno, si no vida.

Se levantó sobre sus pequeños pies, y fue caminando despacio, y con gran presteza, fue rozando con las yemas de sus dedos cada tronco, cada hoja, cada pequeño insecto que le diera la oportunidad.

Comenzó a sentir algo que nunca antes había sentido en su interior, una sensación de paz, serenidad, armonía. Supo que estaba por fin en casa.

 

De pronto paró sus pasos, y se dejó caer de bruces contra el suelo, enfrente de un pájaro de cobre y oro, el cual picoteaba en la tierra  pequeñas lombrices.

Saela lo observó, era un pájaro hermosísimo.

Acercó sus dedos al pequeño pajarillo, pero los retiró enseguida asustada, pues casi de manera inmediata, éste perdió todas sus plumas, y su cuerpo quedó a medio descomponer, dejando ver a medias el esqueleto del pobre animal…

El ave giró la cabeza para contemplarla, y acto seguido alzó el vuelo, era una escena  que podría haber hipnotizado a cualquiera, tenía un gran pico que parecía hecho de oro, a juego con el extremo de sus pequeñas y suaves alas, y allí estaba, burlando a la  muerte, jugando con las olas del aire templado propio de aquella época del año.

Al principio se asustó, no comprendía que había ocurrido, se miró las manos casi con terror, ¿sería una especie de bruja, y por eso siempre se había sentido despreciada y repudiada por todos?

Pero era algo que ella había hecho con sus propias manos, alzó la mirada al cielo el avecilla ya se perdía entre los rayos de sol, los cuales le nublaban la visión.

Decidió en ése mismo instante que viviría allí, hasta que la carne de su cuerpo se arrugara y se pudriera fundiéndose con su única amada, la naturaleza.

Pasaron los meses, y ella consiguió dominar ese “don”, sin saber de quién lo había recibido, y un atardecer cuando el sol besaba con sus últimos rayos la tierra, ella estaba recostada encima de un gran manto de hierbas observando cómo las pequeñas pero fuertes hormigas caminaban en busca de alimento, sin mucho éxito, cuando sintió que una fuerza sobrenatural tiraba de ella hacia el interior del bosque…

Anduvo hasta el escondido río, y allí estaba.  Una mujer de una curiosa belleza; su vestido, mezcla de flores y follaje se fundían en el entorno, sus cabellos largos y oscuros se contoneaban alrededor de su cuerpo.

Saela quedó hipnotizada observando aquella criatura desde los arbustos.

Ésta se quedó helada cuando sintió unos ojos oscuros como la noche, clavados en los suyos.

Su respiración comenzó a entrecortarse, mientras aquella criatura se acercaba más y más…

Le tendió la mano, y dudosa decidió agarrarla y dejar que ésta le sacara de entre los matorrales.

Era tal la atracción que no podía dejar de mirarla, de contemplarla con fascinación.

Sintió ganas de que la poseyera, de que tomara el control de todo su cuerpo, de amarla, de besar su carne desnuda…

Más nada pudo hacer, salvo escuchar su tenue voz:

-Tú y yo somos como el día y la noche, el bien y el mal, tempestad y la calma, estamos hechas para estar siempre juntas, siempre unidas por la eternidad, por más que el hombre trate de buscar la manera de separarnos, siempre volveremos la una a la otra, una y otra vez, siempre ha sido así y siempre lo será.

Poco después ocurrió lo irremediable, pues las dos se sumieron entre nubes húmedas de algodón, provocando el canto el canto de miles de pájaros al compás de su amor, mientras los vientos rugían sin control.

Y así después de caer rendidas a la locura y gracia de sus cuerpos, la criatura elegirá un cuerpo al que donarle vida, mientras que Saela la arrebatará, quedando prohibida la elección entre ambas de un mismo ser.

Y por más que el hombre trate de buscar la manera de separarlas, siempre volverá la una a la otra, siempre ha sido así y siempre así será.

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