Cuento de Primavera (Parte III)

Blanca llena de ira siguió a Serenia, pero de pronto paró. ¿De qué serviría?

Cambió el rumbo de sus fantasmales pasos y se dirigió al lago en donde otras tantas veces ella y Roilán habían consumado su amor.

Ella estaba muerta, jamás volvería a la vida, aunque irónicamente tampoco estaba muerta. Había asimilado que permanecería así en ese estada fantasmagórico de por vida. En ese momento, comenzó a creer en todas esas historias de fantasmas que su madre le contaba de niña, antes de que ella muriera por aquella terrible enfermedad.

Ahora pertenecía a uno de ellos, sus actos estaban escribiendo otro cuento que quizás niños asustadizos escucharían cada palabra con atención.

Blancanieves entonces decidió dejar su bosque, su reducida familia y su hogar, e ir a hacer algo que siempre le hubiera gustado: Ver mundo.

Conocer los distintos países viajar por todas las culturas, conocer gentes nuevas y aprender, sobre todo aprender.

Así que eso hizo, viajó y conoció mil tierras, (de las que nadie sabía aún de su existencia), culturas, gentes de todas partes, e incluso conoció a otros espíritus que le ayudaron a conocer sus dones sobrenaturales ahora que no pertenecía al mundo de los humanos, ni tampoco a ningún otro que ella conociera.

A veces cuando se aburría disfrutaba asustando a los lugareños, creando así cientos de leyendas que no tenían ni pies ni cabeza.

Una noche, echó de menos alguien con quien compartir todas éstas experiencias, y se acordó de Roilán. Aún lo amaba. Era uno de esos amores que duran y duran, pues van más allá de lo meramente físico, algo más espiritual.

Tomó la decisión de volver, y, en ese mismo instante, y tan pronto como lo pensó, allí estaba, enfrente de esa cabaña que tanta felicidad le había ocasionado en vida.

Y allí permaneció, hasta que en mitad de la noche un aullido proveniente de su antigua casa  inundó todo el silencio del bosque.

Reconoció la voz, era Serenia. ¡Algo le ocurría!

Y sin pensarlo, entró en la casa.

El grito provenía de su antigua habitación, cuando llegó, allí estaba Roilán desnudo completamente y encima de él, cabalgándolo, Serenia, con sus pechos al aire moviéndose al vaivén del movimiento, dejando ver una pequeña cicatriz entre ambos, los dos se sonreían y besaban sus sudorosos cuerpos.

El grito fue el primero de muchos otros, más eran de puro placer, placer que tanto Roilán como Serenia se estaban dando.

¿Cómo podían haberle hecho eso a ella? ¿Tan poco significaba para ellos? ¡Acababa de morir!

La ira, el dolor y la traición, le recorrieron el cuerpo, desde sus fantasmales pies, hasta la cabeza,  en una espiral que parecía no terminar nunca, se sentía a punto de explotar y comenzó a dar vueltas por toda la habitación, tirando al suelo y rompiendo todo a su paso.

Serenia se asustó y se abrazó a Roilán, una energía negativa empezaba a nublar la instancia, Serenia reconocía esa sensación, pero no logró identificarla.

Blanca los miró a los dos, dirigió después su mirada a Serenia, y pensó de manera fugaz todo lo que habían vivido juntas, como se habían apoyado en todas las malas experiencias, y como habían reído en las buenas, y la tristeza, la rabia y la furia llenó su espíritu y con un grito desgarrador  que los tres escucharon se lanzó hacia ella.

Cuando se dio cuenta tenía enfrente a Roilan, levantó su mano, y la vio real, de carne y hueso.

Se quedó extrañada por un momento, y casi sin pensar acarició el rostro de Roilán.

-Aún te sigo amando, como siempre he hecho.- Le susurro al oído Blanca, a través del cuerpo de Serenia.

Poco después, todo pasó muy deprisa. Él hizo ademán de responder algo, pero para entonces la supuesta mano de Blanca se hundió en su pecho , clavando las uñas como garras, sacando con ímpetu su corazón y de un grito de júbilo salió del cuerpo provocando una fuerte descarga que cayó sobre ambas.

Blanca abrió los ojos, y se incorporó, pues no sabía cómo se hallaba tumbada en el suelo de la habitación.

Estaba un poco conmocionada, no recordaba cómo había llegado hasta allí, se sentía demasiado… cual era la palabra, ¿Humana?

Se levantó sobre sus piernas, de carne y hueso, y se miró al espejo.

¡Era ella! ¿Cómo podía ser? Su cuerpo estaba enterrado dos plantas más abajo, desfigurado y putrefacto y sin embargo ahí estaba impecable.

Alzó su mano y acarició sus mejillas, sus labios, su cabello, estaba incrédula.

¿Cuántos años habían pasado desde su último suspiro?

La maldición se había roto.

La alegría volvió otra vez a recorrer todo su cuerpo.

Giró sobre si misma, en busca de Roilán, para compartir su dicha junto a él y contarle por fin que el maleficio se había roto, que había vuelto por fin, y que ya nada le impediría estar junto a él.

Pero al girarse todos los músculos de su cuerpo quedaron congelados, y cayó al suelo,su respiración se paralizó y su boca  quedó abierta de par en par.

Entonces le vino todos los recuerdos de golpe, recordó como se había enfurecido como había penetrado en el cuerpo de Serenia, y sacado su corazón con sus propias manos, el tacto de Roilán en su piel, su aliento, su mirada asustada pero con ese brillo tan característico suyo en sus ojos, como acarició su rostro, su cabello y como de un giro brusco le rompió el cuello.

Ella había acabado con sus vidas.

Ambos estaban muertos, uno sobre el otro, Serenia murió a manos de su amiga, y en las manos de su enamorado.Y, mientras, la sangre brotaba aún del cuerpo de la chica, e iba cubriendo toda la cama bajo un gran manto carmesí.

Como había sido posible, como había llegado a ser tan sumamente egoísta, y no haber dejado que recompusieran sus vidas.

Arrastrándose por toda la estancia, sin dejar de poder mirar los cuerpos y culpabilizarse por ello, llegó hasta su mesita de noche, y abrió el cajón, donde aún estaba el puñal con el que solía dormir para defenderse de cualquier extraño que invadiera su casa años atrás, y sin pensarlo dos veces subió a la cama besó a ambos y murmuró:

-Perdonarme – Y rápidamente sin pensar clavó fuertemente el puñal en su pecho.

Allí cayó, jadeante a los pies de las dos recientes víctimas hasta que la luz de su mirada se extinguió para siempre.

Por fin se había hecho justicia, por fin se había demostrado que ni era pura, ni inocente ni sumamente delicada, simplemente era o había sido una humana más.

Una risa tronó en una de las paredes de la sala, al otro lado del espejo, un cabello negro adornaba el rostro de una belleza inigualable, sus labios rojos en movimiento confirmaban la procedencia de aquel curioso sonido.

Una mujer de una belleza, sin igual, casi divina, era la perfección hecha mujer, y con el porte y carácter digno de una gran reina.

Fin.

 

Aderyn

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Javier dice:

    Me gustan ls fotos, ¿en dónde las consigues?

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    1. Aderyn dice:

      De google imágenes

      Me gusta

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