Cuento de Primavera (Parte II)

La reina rió.

-Muy aguda, muy pocos saben eso, y precisamente también por ello estás hoy aquí, tienes coraje, no temes a la muerte, ya la has visto otras veces, ¿no es cierto? Pero no, hoy no morirás, lo que te haré será peor que eso, pero jamás recordaras nada de éste instante ni de quien se ocupó del asesinato del rey.

Acto y seguido la mujer del vestido rojo vivo, dio un chasquido con los dedos, apuntó con su afilada uña metálica a una de las sienes de la muchacha y ésta cayó apoyando su barbilla sobre su mismo pecho, sumida en un profundo sueño.

Unos ojos observaban, unos ojos invisibles a todo cuanto allí permanecía.

Vio como la reina sacó de su interior el corazón aún palpitante de la joven, cogió una cajita de cristal dónde en su interior había otro corazón aún caliente, e hizo el intercambio.

Una vez realizado, ella se dio cuenta de su perdición.

Estaba condenada.

Jamás recuperaría su cuerpo, ni escaparía de esa manera ficticia de vivir, nunca más volvería junto a su amado cazador, ni sentiría el roce de su piel al anochecer… no, a no ser que recuperara su corazón, y eso significaba la muerte de su única y verdadera amistad, la muerte de Serenia.

Cuando Serenia despertó era de noche, y se encontraba en mitad del bosque, ella lo conocía como la palma de su mano, se había criado allí desde que fue abandonada por sus padres cuando apenas tenía 7 años, y desde entonces él era su hogar.

Se movía con gran soltura y sigilo como si fuese un gato, ni una ramita, ni ninguna hoja seca crujía bajo sus pies.

Decidió ir a la cabaña de Blancanieves para contarle lo sucedido, pues todo era muy extraño, y confuso.

Cuando llegó tocó a la puerta, y esperó. Pero nadie respondió detrás de ella, esperó un poco más, y tras  no recibir respuesta alguna, preocupada abrió la puerta dispuesta a entrar en su interior.

Chilló su nombre una y otra vez y al asomarse a la ventana de una de las habitaciones oyó un lamento en el jardín trasero.

Bajó rápidamente hasta el precioso jardín recubierto de manzanos.

Y allí lo descubrió, lamentándose por algo que en ese mismo momento a ella no le importaba, lo único que sabía es que allí estaba él, tan apuesto como siempre, con sus ojos almendrados y aquel pelo siempre rebelde.

Roilán sintió una presencia, y giró su cabeza en dirección a Selenia, entonces se dio cuenta, sus ojos no eran los mismos, si seguían iguales, pero no había vida en ellos, aquella luz que siempre desprendían, se había apagado.

Selenia se acercó, y lo miró fijamente, directamente a los ojos, era él y sin embargo no parecía el mismo.

Éste le señalo con la mirada una tumba reciente, una gran lápida con un collar que reposaba en ella…

-Ese collar…-pensó- ¡No puede ser!

¡La tumba era de Blancanieves!

¡Había muerto! ¿Pero cómo?

Empezó a sentir como le faltaba el aliento, como las piernas le comenzaban a fallar, y se sujetó al joven.

Sin querer dejó salir un par de lágrimas de sus grisáceos ojos, pero decidió que debería ser fuerte, por los dos, abrazó al muchacho y se dirigieron al interior de la cabaña.

Con el paso de los meses Selenia dejó de ser una ermitaña, y se fue a vivir a la cabaña de  Blancanieves, y ésta cada vez fue siendo un mal menor, y con el paso de los años casi olvidada.

Selenia  un día se miró en el espejo, vestía siempre con harapos, trozos de tela mal cosidos que remataba ella para acoplárselo mejor al cuerpo, el pelo siempre lleno de tierra, follaje, etc.

Decidió que era hora de cambiar, se lavó se peinó, y fue al ropero de su amiga.

¡Cuántas vestimentas desaprovechadas!

Se pasó media mañana mirando aquellas fantásticas ropas sin saber por cual decidirse. Al final escogió una prenda que le llamó la atención, seguramente realizada por su difunta amiga.

Era una prenda singular, un vestido azul marino brillante y precioso con encajes plateados, parecía un vestido más, pero en su interior ocultaba una prenda masculina, unos pantalones. Eran perfectos para moverse por el bosque a su antojo con total libertad,  sin duda una idea de Blanca, sonrió, sólo a ella podría ocurrírsele algo así.

-¡Pero qué haces desgraciada, son mis ropas! ¿¡Qué pretendes!?- y de un manotazo algo le despojó del vestido tirándolo al otro lado de la habitación.

Serenia se quedó extrañada y decidió cerrar la ventana. Cuando terminó de vestirse, se hizo un medio recogido, y volvió a mirarse al espejo.

Pero entonces sintió algo, un escalofrío muy desagradable por todo su cuerpo, que le paralizó todos los músculos, sintió terror, no miedo, terror, el mismo que te impide la respiración, y miró en el espejo y observó como todo su vestido empezaba a rasgarse, a romperse por todos lados, dejando ver su pálida piel.

Serenia asustada y nerviosa se despojó de esas ropas, se puso sus harapos y corrió al bosque  en busca de consuelo.

Blancanieves la siguió.

Muy lejos de allí una mujer observaba la escena y reía, junto su amado, por fin desde hacía mucho tiempo era feliz, tenía amor, riquezas y venganza. ¿Qué más podía pedir?

Blanca llena de ira siguió a Serenia, pero de pronto paró. ¿De qué serviría?

Continuará…

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