Exterminio

No salió.

Permaneció inmóvil, sin respiración.

Sentía como su cuerpo se iba encogiendo por momentos, como empequeñeciendo.

Sus músculos  se estaban agarrotando, ya le quedaba poco para poder  realizar cualquier movimiento por simple que fuera sin esfuerzo.

De su frente, brazos y otras partes de su cuerpo, salían ríos de sangre dibujando curiosas formas en él.

En su rodilla un pequeño pozo dejaba asomar la rótula entre la carne desgarrada, la cual podría resultar desagradable a cualquiera que la viese, pero tan solo estaban aquella individua y él.

Una ardua y antiquísima batalla lo había dejado con una única posibilidad: la posibilidad de huir.

Mantuvo la mirada fija en un punto: los ladrillos de la vieja iglesia, pues se habían convertido en lo más interesante por el momento.

Se sorprendió al escuchar  un  leve ruido, inaudible para cualquier ser vivo de aquella tierra, pero él no pertenecía a aquel lugar.

Estaba jugando con él, eso lo sabía,  como el gato juega con el ratón antes de darle muerte. Se acurrucó sobre sí mismo, y plegó sus alas en un intento de abrazar y proteger lo que sin ellas sería tan sólo un débil cuerpo humano.

Consiguió arrastrarse sin hacer el mínimo ruido hasta una especie de caja de madera de más de metro y medio de largo,  adornada con diferentes grabados en relieve, más  poco tardó en darse cuenta de que era demasiado grande para aquel lugar.

Intentó volver a escuchar alguna otra cosa, pero ya nada sucedió, pensó incluso en salir, pero de pronto todo su cuerpo se había paralizado.

Algo desde el techo del edificio cayó encima del confesionario, dejándolo todo hecho trizas por doquier. Aprovechando la polvareda, abrió sus alas y se elevó unos metros del suelo hacia la bóveda de la vieja iglesia, pero unas manos de dedos largos y huesudas, con garras como uñas, lo volvió a impulsar hacia abajo, provocando la rotura de una de sus majestuosas alas al chocar contra la inmensa columna.

Ella se quedó observando la consecuencia de sus actos, la victoria se le dibujó en una siniestra sonrisa mientras canturreaba en su vieja lengua paterna. Iba descalza, su piel era rojiza y reluciente, como si acabara de ser calcinada en las últimas horas. Desplegó sus formidables alas de murciélago y voló hasta llegar a lo que a simple vista parecía tan sólo un muchacho,  despedazando, al aterrizar,  las pequeñas escaleras que subían al altar.

Había perdido la batalla, lo supo antes incluso de que ella, o esa bestia, le cortara  una de sus alas con sus garras, impregnando las blancas  y perfectas plumas de un rojo fulgurante.

Un rugido de dolor quebró el silencio de la noche, enseñó los dientes  de manera amenazadora a la vez que trataba de hacer fuerza con el único miembro volátil que le quedaba.

Alzó las manos al cielo, para así, de alguna manera, creer que la distancia entre él y su hogar era menor, pero era imposible soportar  la tortura mientras luchaba por escapar .Ella estaba justo enfrente, erguida de manera imponente, podía haberle dado caza  desde hacía horas, pero el sufrimiento le divertía, y el miedo le hacía más fuerte.

Tan sólo hizo falta que sus azafranados  y peludos dedos produjera un pequeño chasquido y de la nada aparecieron  los Tres Fuegos rodeándolo, dejando casi  de manera instantánea tan  sólo un montón de cenizas en el centro de dos triángulos invertidos.

Ella sonrió, formando con sus colmillos una de las sonrisas más aterradoras de la faz de la tierra.

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Todos somos prisioneros y víctimas del destino.
    El tiempo, ese cazador implacable que siempre te alcanza.

    Le gusta a 1 persona

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